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Un poema de Lord Alfred Douglas

  • Daniel Rabal Davidov
  • hace 5 días
  • 4 min de lectura

Traducido por Daniel Rabal Davidov



Lord Alfred Douglas ha llegado a oídos de todos como el amante de Oscar Wilde. El guapo, políticamente incorrecto y arrogante joven que supuso para Wilde encontrarse con un hombre que tenía todos los rasgos del personaje que había escrito unos años antes en El Retrato de Dorian Gray.

Si leemos las palabras del propio Wilde y de otros personajes que frecuentaron ambientes cercanos y se conocieron en París, Argelia, Londres… entre los que se encuentra André Gide, veremos que Lord Alfred Douglas era tenido en la época como un poeta notable. Su vida fue objeto de controversia y muchos de sus poemas, con el tiempo, autocensurados.

Al descubrir sus versos, se encuentra uno con un autor de sensibilidad potente, de imágenes llenas de sensorialidad y de voz personal y propia en la que se denota un carácter, una imagen y una idiosincrasia interesantes y fuera de la norma. Su búsqueda esteticista y su influencia en el ambiente literario y artístico del Londres de finales del XIX lo hacen una figura digna de ser leída y sentida. Aquí ofrezco mi traducción al español de su poema: Los Dos Amores.

Daniel Rabal Davidov


LORD ALFRED DOUGLAS

DOS AMORES

Traducción por Daniel Rabal Davidov

Soñé que estaba sobre una pequeña colina,

Y a mis pies se asentaba un terreno que semejaba

Un jardín de deshechos, floreciendo a su voluntad

Con brotes y flores. Había estanques que soñaban

Negros y serenos; había algunos lirios blancos,

y azafrán, y violetas

Moradas o pálidas, fritilarias semejantes a serpientes

Poco visibles por la alta hierba, y tras redes verdes

Azules ojos de tímida vinca guiñaban al Sol.

Y había flores curiosas, antes desconocidas,

Flores que estaban impregnadas con luz de luna, o con sombras

De los voluntariosos estados de ánimo de la Naturaleza; y aquí una

Que había bebido en el tono transitorio

De un breve momento en una puesta de Sol; cuchillas

De hierba que en cien primaveras habían,

Lenta pero exquisitamente, sido criadas por las estrellas

Y regadas con el perfumado rocío, largo tiempo recogido

En lirios, que por rayos de Sol habían visto

Solo la gloria de Dios, pues nunca un amanecer oscurece

El luminoso aire del Cielo. Más allá, abrupto,

Un muro de piedra gris cubierto con musgo aterciopelado

Se alzaba; y mirando me quedé largo tiempo, por completo desencajado

De ver un sitio tan extraño, tan dulce, tan bello.

Y mientras ahí estaba y me maravillaba, ¡oh! A través

Del jardín vino un joven; una mano alzó

Para escudarle del Sol, su pelo agitado por el viento

Estaba entrelazado con flores, y en su mano portaba

Un morado racimo de uvas a punto de reventar, sus ojos

Eran claros como el cristal, desnudo entero estaba él,

Blanco como la nieve en las heladas montañas sin caminos,

Rojos eran sus labios como el rojo derrame de vino que tiñe

Un suelo de mármol, su marrón calcedonia.

Y se acercó a mí, con sus labios desenrollados

Y amables y atrapó mi mano y besó mi boca,

Y me dio uvas para comer, y dijo, ‘Dulce amigo,

Ven, te enseñaré sombras del mundo

E imágenes de la vida. Ve, desde el Sur

Viene el pálido cortejo que nunca tiene fin.’

Y ¡oh! En el jardín de mi sueño

Vi a dos andando en una brillante llanura

de luz dorada. El primero parecía gozoso

Y bello y radiante, y un dulce estribillo

Salía de sus labios; él cantaba de bonitas doncellas

Y el gozoso amor de gentiles chica y chico,

Sus ojos eran brillantes, y entre las danzantes cuchillas

De dorada hierba sus pies se tropezaban de alegría,

Y en su mano sostenía un laúd de marfil

Con cuerdas de oro que eran como el cabello de las doncellas.

Y cantaba con voz tan melodiosa como una flauta,

Y alrededor de su cuello tres cadenas de rosas había.

Pero aquel que era su camarada andaba aparte;

Era enteramente triste y dulce y sus largos ojos

Eran extraños con maravillosa brillantez, contemplando ampliamente

Con la mirada; y suspiraba con muchos suspiros

Que me conmovieron, y sus mejillas eran pálidas y blancas,

Como pálidos lirios, y sus labios eran rojos

Como amapolas, y sus manos apretaba fuerte,

Y otra vez aflojaba, y su cabeza

Estaba envuelta en flores de luna, pálidas como los labios de la muerte.

Una túnica morada llevaba sobreexcitada en oro

Con la disposición de una gran serpiente, cuyo aliento

Era una fogosa llama: al cual cuando vi

Sentí un llanto, y grité, ‘Dulce joven,

Dime ¿por qué, triste y suspirante, debes recorrer

Estos placenteros reinos? Te lo ruego, háblame honestamente,

¿cuál es tu nombre?’ Él dijo, ‘Mi nombre es Amor’.

Entonces derecho el primero se giró hacia mí

Y gritó, ‘Él miente, pues su nombre es Vergüenza,

Mas yo soy Amor, y estaba acostumbrado a estar

solo en este bello jardín, hasta que vino

Por la noche sin ser llamado; yo soy el verdadero Amor, yo lleno

Los corazones de chico y chica con mutua llama.’

Entonces, suspirando, dijo el otro, ‘Que sea como tú quieres,

Yo soy el amor que no osa decir su nombre.’

 
 
 

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